El concepto de economía solidaria o economía de la solidaridad, si bien surge con las tesis de Razeto al respecto, a pricipios de los ochenta, no es algo absolutamente original en la historia del pensamiento, presentando muchas coincidentes líneas teóricas y de pensamiento con escuelas de diversos orígenes: la llamada economía social, el socialismo utópico, con la economía comunitaria, la economía humana, y notoriamente con el cooperativismo(3) y las líneas de reflexión autogestionarias.
Es medianamente claro en la lectura y análisis de la realidad, que el término de mayor arraigo para referirse a algunos de los fenómenos económicos que reconocemos bajo la óptica de la "Economía de la Solidaridad", actualmente es el de la Economía Social, término que se viene utilizando con mucha fuerza en algunos países -fundamentalmente europeos- desde hace unos quince años, dando origen incluso a políticas gubernamentales tendientes a patrocinar y apoyar este "tercer sector" constituído por aquellas actividades económicas que no giran en torno a los sectores públicos y privados tradicionales. Vale en tal sentido hacer referencia a la creación de una Unidad de "Economía Social" en el seno de la Comisión de las Comunidades Europeas, y a la constitución de diversos organismos nacionales en Francia, España y Bélgica(5) , entre otros, destinados a los mismos objetivos.
Los primeros documentos de la Europa Comunitaria al respecto(6) definían a las actividades económicas pertenecientes a la Economía Social, integrada por cooperativas, mutualistas y asociaciones no lucrativas (el nonprofit sector del que nos habla la lectura inglesa al referirse a las asociaciones que producen servicios que o bien no pueden expresarse en términos monetarios, o bien no ofrecen una rentabilidad suficiente para atraer a empresas con fines de lucro), lo que, a pesar de las grandes coincidencias, nos marca ya algunas diferencias con respecto a las elaboraciones de Razeto para quién el sector solidario está compuesto también por las actividades (mal)llamadas por algunos, informales o subterráneas, que quedan explícitamente descartadas en la composición de la Economía Social, por lo menos tal cuál lo entienden los organismos gubernamentales europeos.
El concepto de Economía Social, sin embargo, recoge antecedentes en el siglo pasado, que podemos ubicar en el plano académico, con divulgaciones desarrolladas en la Universidad de Lovaina en la década del 30, con la publicación por parte de Charles Dunoyer de su Tratado de Economía Social(7) , fuertemente influenciado por los costos sociales todavía evidentes de la Revolución Industrial; y por Constantin Pecquer autor de Economía Social en 1839.
Siguiendo a Desroche(8) podemos señalar que a partir de allí se abrieron tres grandes escuelas: una orientada hacia las ideas socialistas, otra hacia las ideas social-cristianas, y otra hacia las ideas liberales.
Entre los primeros destacan Constantín Pecquer (1842) y Francois Vidal (1846), de gran influencia en la Revolución de 1848, y luego Benoit Malon y Marcel Mauss, defensor de una economía de socializaciones voluntarias.
La Economía Social es desarrollada por los social-cristianos a través de la obra de Fréderic Le Play, quien crea una sociedad de economía social en 1856 y una revista titulada "La Economía Social". También aquí podemos incluir a uno de los fundadores del moderno cooperativismo de ahorro y crédito, Fréderic Guillaume Raffeisen. "De esta manera, los cristianos sociales del siglo XIX apelan a los cuerpos intermedios para luchar contra el aislamiento del individuo, tara del liberalismo, y contra la absorción del individuo por el Estado, trampa del Jacobinismo. La valoración de estas microestructuras, al mismo tiempo que la afirmación de la autonomía de los individuos, nos llevan al concepto de subsidiaridad el cual implica que la instancia superior no acapara las funciones que la instancia inferior, más cercana al usuario, puede asumir"(9) . Esta línea de subsidiaridad, luego conectada a la solidaridad constituiría un dúo fundamental en la concepción social-cristiana sobre la relación de lo público y lo privado en la vida económica, al punto de figurar en algunas de las últimas Encíclicas Papales como uno de los ejes interpretativos del deber ser económico.
La Escuela Liberal tuvo en Charles Dunoyer y Fréderic Passy a dos de sus clásicos exponentes. También León Walras podría pertenecer a esta línea(10) , al igual que Hermann Schulze en Alemania y Luigi Luzatti en Italia.
La Economía Comunitaria, o el "Comunitarismo".
Sostengo que una de las líneas antecesoras a la Economía de la Solidaridad, es la fundada por Emmanuel Mounier (1905-1950), uno de los pensadores franceses de mayor relevancia de este siglo.
Mounier se vió empujado a fundar Esprit movido por "el sufrimiento cada vez mayor de ver a nuestro cristianismo solidarizarse con el "desorden establecido", y el deseo de romper con éste".
Para este singular francés que muriera muy joven (con tan sólo 45 años de edad), la persona humana debía anteponerse al concepto de individuo y la sociedad comunitaria frente al Estado. Nace así la concepción del "personalismo-Comunitario", de gran resonancia, sobre todo en movimientos políticos y sociales vinculados al cristianismo progresista de post-guerra. Sostendrá la abolición de la "economía anárquica, basada en la ganancia, por una economía organizada sobre las perspectivas totales de la persona; la socialización sin la estatización", etc.
En los años cincuenta, un Dominico francés, de nombre Louis Joseph Lebret, abría de marcar a fuego a un grupo de investigadores de diversos países de América, divulgando en el continente una escuela conocida como "economía humana". El Padre Lebret, por cuya obra comenzaron los trabajos sociológicos en Uruguay a partir de los Equipos del Bien Común, funda en 1941 en Francia el centro "Economie et Humanisme", que incluyera entre otros, a Francois Perroux, entonces uno de los economistas más renombrados en materia de desarrollo. "Durante muchos años, Economía y Humanismo produjo mucho y estuvo estrechamente entrelazada no sólo con corrientes sindicales francesas sino con otros movimientos sociales, en especial con los movimientos comunitarios, que fueron muy importantes en la postguerra" (19). Ese entrelazamiento entre la ciencia social, la economía y el trabajo con las comunidades y los sectores más desamparados, incluido los sectores que ahora conocemos como "Organizaciones Económicas Populares", creo que identifica a ésta corriente con la Escuela de la Economía Solidaria. De hecho, uno de sus textos más recordados lleva por título "Manifiesto por una Civilización Solidaria".
Lebret fue sacerdote, sociólogo, teólogo, escribió varios libros y asesoró en materia de desarrollo en varios países y a varios gobiernos. Su objetivo final era "pasar de una fase menos humana a una más humana", en profundo contacto con el más necesitado, lo que lo auto-marginó de las grandes Universidades, para dedicarse a una vida que conjugaba la reflexión con la acción.
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